La dura realidad de un africano en Barcelona

Hay cuestiones que te hacen pensar hacia donde vamos, o más bien donde se encuentra la sociedad en algo tan básico como la convivencia entre personas. Está claro que las políticas que se desarrollan desde muchas instituciones no ayudan en absoluto. Pero a pesar de ello, parece haber cosas enquistadas en la sociedad que cuesta superar, a pesar de que a muchos se les llena la boca con palabros como globalización, multiculturalidad, cosmopolitanismo, etc.

Mi compañero de piso me ha contado durante la comida lo que le pasó anoche a una persona que conoció esta mañana, mientras trabajaba (trabaja “de cara al público” y suele hablar con mucha gente cada día). Era un argelino, traductor de profesión y que lleva bastantes años en España y hasta ahora, casualmente, vivía en Tenerife, en el sur de la isla, trabajando en el sector turístico.

Llegó a Barcelona por una oferta de trabajo que se ajustaba más a su perfil que el de recepcionista de hotel. Al llegar, dejó en la cosigna de la estación su maleta, donde, desafortunadamente, se quedó su documentación. Era tarde, así que la estación cerró. Emprendió la búsqueda de hotel, y al llegar, le decían que al no tener documentación no podían darle una habitación. El insistía en que traería la documentación al día siguiente, que ahora la tenía en la consigna y no podía recuperarla, que tenía el dinero para pagar por la habitación que eso era ningún problema. Pero no hubo manera. Ni ahí, ni en tres hoteles más, donde se encontró con la misma respuesta.

Al intentarlo en el quinto, harto, finalmente llamó a la policía. Finalmente, después de mucho rato, e ir a buscar las cosas a la estación (abre a las 4’30), se le “abrían las puertas” de los hoteles. Agradeció a los policías la ayuda pero ya no fue a ningún hotel. Pagar por sólo unas horas le parecía absurdo.

Cuando mi amigo lo encontró el hombre estaba muy enfadado y frustrado. El haber tenido que pasar la noche de hotel en hotel había sido la última gota de un vaso lleno de despropósitos racistas. Su aspecto de magrebí pesaba por encima de cualquier otra cosa al relacionarse con los “modernos” y “tolerantes” europeos. Y parecía que las cosas habían ido de mal en peor desde que llegó a Barcelona, la ciudad “cosmopolita”, sumum “del progresismo”. El hombre estaba harto y sólo tenía ganas de volver a Argelia, aun a costa de no poder ganarse la vida como le gustaría, pero donde al menos no le juzgarán de antemano por ser un poco más moreno, o tener unos rasgos determinados.

El hombre se preguntaba que hubiera pasado si el que se hubiera presentado en el primer hotel hubiera sido un señor de traje y corbata, con la piel blanca como la leche, con pelo rubio, ojos azules y un marcado acento alemán. Yo creo que lo tengo bastante claro.

Una respuesta a “La dura realidad de un africano en Barcelona”

  1. Sergio, yo no dudo que haya racismo en nuestra sociedad pero no sé si este que cuentas es el mejor ejemplo… Un hotel no pude admitir clientes si no presentan sus documentos de identidad, y por tanto me parece que a los recepcionistas no se les puede reprochar nada. Otra cosa es lo que dices en el último párrafo, pero eso de ocurrir ocurriría con cualquier cliente adinerado o que dejara una propina más que generosa, independientemente de su raza. Así que más bien supongo que estamos hablando de clasismo. Pero en fin, tampoco es cuestión de prejuzgar a nadie: no tengo motivo para pensar que si hubiera sido yo mismo el que se encontrara en ese trance, tampoco me habrían dado una habitación.

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